Jesús Aisa Díez
Desde
mi perspectiva, si bien COSO I dedicaba toda su atención a la forma de
entender, y atender, el control interno de las organizaciones, con el documento
del año 2004, es decir con el ERM, se seguía manteniendo la preocupación por el
control interno, pero se incidía y ampliaba un aspecto básico para conseguirlo,
en concreto, la descripción del proceso
de gestión de los riesgos, por lo que se
detallaban, como nuevos elementos: (I) el establecimiento de los objetivos
empresariales, (ii) la identificación de eventos que pudiesen afectarles y
(iii) las respuestas a los riesgos. Aparte de considerar que los objetivos
deben ser consecuentes con la estrategia fijada por la Organización.
Con
esta ampliación, creo, que los que tuvimos oportunidad de apoyarnos en estos
protocolos, entendimos que la administración de riesgos era uno de los
elementos fundamentales del Sistema de Control Interno con el que lograr la
eficacia y eficiencia de las operaciones, la confiabilidad de los reportes y el
cumplimiento de leyes, normas y reglamentos, ya que dichos sistemas de gestión
de riesgos no son independientes del Sistema de Control Interno, sino que
forman parte integral del mismo. En sentido inverso la afirmación contraria
también es cierta, ya que no puede existir una adecuada gestión de los riesgos,
si en la empresa no impera un buen control interno. Por ello la versión de COSO
relativa a la Gestión de Riesgos Empresariales, ERM por sus siglas en inglés,
la entendimos que era COSO I, ampliado con un sistema de gestión de riesgos. Es
decir, que mejorándolo, lo anulaba y sustituía, a todos los efectos.
Por
todo ello, esta ampliación del año 2004 permitió “corregir” algunos de los
aspectos del Marco original que necesitaban mejorarse, por ejemplo: que los
objetivos del control interno no debían limitarse a la “fiabilidad de la
información financiera”, sino que debía darse cabida a todo tipo de
información, no solo la financiera. También que el orden de los elementos,
fuesen 5 u 8, debían partir del “entorno de control”, situándolo en el
nivel más alto del cubo que gráficamente lo representaba, reconociendo así la
validez del criterio “Tone at the top”, que nos indicaba que un buen
tono en la parte superior se consideraba como un requisito previo para
conseguir un adecuado y sólido gobierno corporativo.
Adicionalmente se consideró oportuno señalar que los objetivos, fuesen estos
operacionales, de reporting o de cumplimiento normativo, debían fijarse
de forma coherente con los objetivos estratégicos previamente definidos, los
cuales derivaban de la estrategia de la Organización, que era lo primero que
había que conocer.




















