Queremos presentar un tema polémico
y hasta podría ser considerado un tabú para algunos colegas, debido que es difícil
que opinen sobre el mismo de forma abierta.
La pregunta es:
La pregunta es:
¿Qué
tanto peso debe dársele a la experiencia?
Muchos auditores internos entienden que la experiencia es
un elemento imprescindible para poder realizar un trabajo realmente excepcional,
debido a que los conocimientos acumulados durante largos años de trabajo son
vitales para hacer frente a los problemas que surgen cada día.
Otros evitan enfrentarse al cambio. Esconden la cabeza
como los avestruces a la espera de que el cambio simplemente desaparezca y de
esta forma poder continuar transitando por un camino conocido, aplicando los
enfoques de trabajo que tanto éxito les brindaron en el pasado.
Conozco líderes de auditoría interna poseen una tendencia
natural es a la auto-perpetuidad. Son, casi por definición, reacios al cambio.
Sin embargo, en el mundo de hoy, las fuerzas huracanadas que afectan a nuestras
organizaciones (globalización rápida, innovación competencia despiadada) se han
intensificado lo que el economista Joseph Schumpeter denominó: “fuerzas de
destrucción creativa”. Por lo que las viejas recetas podrían ya no ser
efectivas.
La falta de flexibilidad es el enemigo principal de la
excelencia. Si deseas tener éxito en tiempos turbulentos, debes de tener:
1. Conocimientos
técnicos actualizados.
2. Destreza
en el uso de la tecnología de información en el trabajo.
3. Una
mente creativa que te permita emplear las innovaciones y cambios ocurridos en
la empresa para mejorar el trabajo de auditoría interna.
4. Competencia
en temas de negocio, consultoría y asesoría para ir más allá de los enfoques
financieros tradicionales.
5. Disposición
para el mejoramiento continuo, nunca creer que alcanzaste a tu nivel máximo de
rendimiento, siempre buscar nuevas formas de crecer.
Cerramos nuestro comentario con una opinión sobre el tema
de una de las mentes más brillantes del continente, Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, mejor conocida
por su seudónimo Gabriela Mistral,
ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1945. Con este galardón se convirtió
en el primer literato latinoamericano en recibir el Nobel. Gabriel Mistral
tenía una opinión muy singular sobre la experiencia:

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